extracto-resumen: ¿Cómo evoluciona el tópico de las ruinas en el Siglo de Oro?

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López Bueno, Begoña (1986): “Tópica literaria y realización textual: unas notas sobre la poesía española de las ruinas en los siglos de oro”, in: Revista de filología española 66, n° 1-2, 59-74.

Planteamiento: ¿Cómo evoluciona el tópico de las ruinas en el Siglo de Oro?

López Bueno se propone detallar los matices del tópico de las ruinas en la poesía del Siglo de Oro.

El Renacimiento enseña las ruinas como comprobación de su nuevamente descubierta doctrina de la historicidad. Los petrarquistas proyectan sobre ellas el trayecto existencial de su amor. Pero es el barroquismo en su desconsuelo por la condición humana que las hace parte integrante de su poesía. En ella las piedras o ruinas pierden gradualmente su significado natural, el significado de lo que son, y se transforman en puro símbolo de la época artística que las explota.  

Fue Gutierre de Cetina quien introdujo el motivo al adaptar un soneto de Castiglione al castellano: “Excelso monte do el romano estrago” etc. En él aparecen los elementos dominantes del motivo: el contraste entre un pasado de esplendor y el presente de desolación y el resultante apaciguamiento íntimo: como el tiempo podía contra las enormes construcciones, seguro que acabará también los dolores del enunciador. López Bueno nota que es curioso que en el original poema italiano son descritos los estragos de Roma, pero que Cetina habla de Catargo. Entre otras explicaciones sugiere que quizá en la época imperial los españoles preferían no despertar la animosidad de los italianos que habrían podido interpretar la mención de la destrucción romana como una alusión al reciente saco de la ciudad. Manuel Ledesma imita a Cetina, pero traslada el motivo a Sagunto, que fue vencida por Catargo. Si no, se emplean los mismos elementos del motivo, con una adición que a continuación recogerán los poetas: la ciudad derrotada se convierte en un modelo de la virtud de la fidelitas (“deshecha en fuego, pero no vencida”).

El motivo de las ruinas cobra notoriedad cuando Herrera incluye el soneto de Cetina en su compilación Anotaciones a Garcilaso, obra de referencia para los poetas andaluces. Introduce los estragos de Itálica como nuevo sitio de contemplación poética: “Esta rota y cansada pesadumbre”. Se aprecia su influencia por el acogimiento general que tuvo la fórmula deíctica del primer verso en las composiciones consiguientes sobre Itálica: por ejemplo, “Estas ya de la edad canas rüinas” de Francisco de Rioja. Por hallarse la antigua Itálica cerca de Sevilla, los poetas sevillanos al pasar el siglo XVI al XVII escriben sobre ella. Impregnan el tópico con una filosofía de vida estoica. Los poetas deducen de las ruinas la enseñanza moral de practicar las virtudes y tomar como ejemplo la intangibilidad de las piedras. Se exploran varias posibilidades estéticas para expresar los elementos recurrentes de la transitoriedad del tiempo, del desengaño y de la vanitas. La fórmula, según López Bueno, se trivializa y desemboca en el tópico repetitivo del Ubi sunt (“Itálica ¿do estás?”).

Algunos poetas barrocos logran dar un nuevo impulso al motivo, como Caro al acusar la “fábula de tiempo”; fábula, porque es en el tiempo que se estrena la grandeza de la ciudad, en el tiempo mismo que la reducirá a fragmentos. La fábula del tiempo se vuelve el elemento esencial del motivo. Las construcciones al desmoronarse son el teatro simbólico del transcurso implacable del tiempo. El tiempo se transforme en el protagonista dominante (Quevedo: “lo fugitivo permanece y dura”), las ruinas se limitan a hablar de él. Además se omite sucesivamente el consuelo final, pues la crisis íntima del enunciador resulta demasiado grave para poder aplacarse por elementos externos. Así escribe Arguijo que “la grandeza de desdichas tales” no puede “aliviar mi desventura”.

El tópico tiene también una línea de desarrollo particularmente lúgubre cuando la relación entre el tiempo y la muerte se vuelve una ecuación y la descripción de las ruinas evoca efectos de horror. Se explota el campo léxico de la muerte (sepulcro, cadáver etc.) y se hace hincapié en la naturaleza como podredumbre.

Quevedo, en los últimos versos de un romance cuando está desterrado en las torres de Joray, rechaza todo mensaje moral que puedan dar las ruinas que no sea el del desengaño; lo demás, como el consuelo que fue parte del motivo al introducirse en la poesía española, son solamente “sofísticos gustos”. El tono se vuelve cáustico, incluso despiadado. López Bueno escribe que tan destructivo en su acción contra el Castillo de San Cervantes como el tiempo es solamente el lenguaje de Góngora al describir su desolación. Los poetas no devuelven más la imagen de una estructura digna en sus estragos, pero de estragos en desorden. Por cierto, el mayor desorden no les impide de vislumbrar el orden divino en él. López Bueno apunta que el contemplar el desorden en el mundo sobre el trasfondo de la eternidad tenía que llevar los poetas barrocos a abrazar el fatalismo histórico. El gran teatro del mundo, siendo fatal, se sufre con resignación, o se constata solamente la fatalidad temporal de manera exasperada como en Quevedo (“lo fugitivo permanece y dura”). El destino fatal, que se trae igualmente al hombre vivo y las piedras muertas, se revela como el núcleo del tópico de las ruinas.

López Bueno concluye que en la evolución del tópico también surge una voz que lleva una protesta, aunque en voz baja y no se deja oír sino raras veces. Aparece en ciernes cuando Arguijo no quiere aceptar el consuelo moral que las ruinas ofrecieron antes a los poetas. Asimismo Lope de Vega apostrofa a las ruinas como “máquinas difuntas” para oponerles su propia crisis íntima que ya se desvincula de ellas: “mirad de solo un hombre en el teatro / mayor ruina y perdición más cierta, / que en fin sois piedras y mi historia es alma.” Sin embargo, López Bueno subraya que este enfoque sobre la tragedia personal no tiene todavía nada que ver con la rebeldía romántica. Si Shelley coloca su Prometeo entre las ruinas de Roma, no es para meditar sobre el significado que recelan, sino para concebir nuevas construcciones.

[Escogí el artículo porque se presentaba a mí como la continuación del anterior, o su profundización. Pues Biglieri presenta en general el significado de las ruinas en el Siglo de Oro, mirando la época como un conjunto y extrayendo el concepto de ella. Pero López Bueno mira la época más en detalle, y por consiguiente no trata de extrapolar una descripción sintetizada del tópico, pero la gama de sus matices. Queda el mismo concepto, pero se cambia en detalles su función.

Creo que lo más notable, como evolución, es que primero la desintegración de las ruinas ofrece un consuelo moral, segundo que la desolación física se describe como tan grande que no evoca sino desolación moral, y tercero que se rechaza directamente todo consuelo moral que pudieran ofrecer las ruinas. Es comprensible que tal rechazo acaba como el engrandecimiento del propio sufrimiento frente a la destrucción sufrida por las construcciones arquitectónicas; la tragedia del propio estado no se encuentra más reflejada en las ruinas, pero las supera.

Lo que no me convence es que la autora presenta algunos matices del tópico como desarrollos de este, por ejemplo, su propuesta que primero son las ruinas el protagonista de la contemplación del poeta, segundo el tiempo del cual habla el desgaste arquitectónico y tercero el tiempo en su significado revelado de destino fatal. A mí parecer no aduce indicios textuales suficientes para justificar que realmente se trata de líneas de desarrollo distintos e incluso de una evolución cronológica, como parece sugerir. No veo problema en hallar ya juntos los tres matices en “Excelso monte do el romano estrago”. Otra línea de evolución que traza López Bueno es la del orden ruinoso y digno al desorden ruinoso, y esta propuesta me parece más convincente. Ella la apoya confrontando la aceptación del consuelo moral gracias a la analogía entre las ruinas y virtudes en algunos poemas, contra el rechazo del consuelo y el estado completamente desarreglado, incluso horroroso de las ruinas en otros.

En general me confunde algo que la autora presenta las evoluciones del tópico a veces como sincrónicas, a veces como diacrónicas, y a veces sin marcar si son sincrónicas o diacrónicas. Mi incertidumbre en la lectura se refleja en el extracto – no distingo claramente de qué tipo de desarrollo conceptual se trata.]

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